Me encanta que los planes salgan bien





Hay dos tipos de personas: las que en el metro le dan al botón para abrir la puerta antes de que pare y las que no. Yo soy de las primeras. Admiro a las personas serenas, las que controlan perfectamente los tiempos, las que le dan al botón justo en el momento en el que hay que darle. Una persona así no le da al botón compulsivamente tres o cuatro veces, mientras la megafonía aún está anunciando la estación. Ni siquiera le da justo cuando para, pero antes de que tenga ningún efecto sobre la apertura de la puerta. Una persona así espera justo un segundo después de que el botón se ilumine. Ese momento en el que el vagón te dice: ahora. A partir de ahora puedes salir. Y no lo hace una milésima de segundo después de que se encienda la luz.  Lo hace con tranquilidad, esperando el momento justo. Y le da una vez. Una vez, en el momento justo, es suficiente. Hay gente que le da varias veces después. Es ese tipo de gente que admiro durante segundos. Pienso, ésta es una persona que controla. Y de repente, en el momento justo, le da dos, tres veces, repetidamente, y entonces me desilusiona. Las personas que esperan justo al momento de darle, y le dan una vez. Esas personas, inconscientemente, despiertan admiración en los que les rodeamos, esperando para bajarnos. Esas personas que le dan una vez, en el momento, y se bajan y encaran las escaleras mecánicas poniendo el pie sin mirar, justo cuando aparece el peldaño. Si el Coronel John "Hannibal" Smith viajara en metro, le daría solo una vez al botón. 

Tenguis y faltis



No se exactamente por qué, pero recuerdo perfectamente el momento en el que me compraron el álbum de cromos del Mundial de “Mexico 86”. Era aquel de la pelota de pentágonos rojos en el medio de dos bolas del mundo. Y la mascota, “Pique”, debajo. Confesaré que antes de ponerme a escribir he buscado información sobre ese álbum y sobre la mascota, y 29 años después me he enterado de que Pique se trataba de un chile con sombrero de mariachi. Recuerdo que me lo compraron en un kiosco en la calle Vallcalent, en el tramo entre Martin Ruano y Balmes. Era un kiosco antiguo, casi como una cueva, pequeño y mal iluminado. Un kiosco de los de verdad, de los que al entrar te daba la sensación que ibas a acabar sepultado por decenas de ejemplares de El País, Teleindiscreta, Época y Hola. Recuerdo perfectamente el momento en el que me compraron el álbum. Recuerdo también cuando entraba en otro kiosco, cerca de casa, en Ronda (Passeig de Ronda, para ser más exactos), al lado de la farmacia, delante del Edificio Brasilia. O en el Kiosco Judocar, que también era juguetería. O más tarde, ya un poco mayor, en el que estaba situado en Rovira Roure, al lado de la autoescuela “Catalunya”. Recuerdo los kioscos en los que me compraban cromos y cómics. Y creo que los recuerdo porque pocos locales me han proporcionado tanta satisfacción como los kioscos (sí, los bares, pero eso lo dejo para otro día). Abrir un paquete de cromos y ver qué cromos de Asterix ya tenías. O los de coches, de la colección de Motor 16, en la que descubrí que el Mitsubishi Montero se llamó inicialmente Pajero (en el momento que lo descubrí no entendí por qué). Antes de los cromos, o durante, no sabría decir, llegaron los comics de Mortadelo y Filemón, y los de Superlopez. Nunca fui fan de Zipi y Zape, ni de Carpanta, ni de Anacleto, ni de Rompetechos. Quizá si de “13 Rue del Percebe”. Nada podía compararse al día en el que te compraban un “Super humor”, de tapa dura, encuadernados, con páginas y páginas por descubrir. Más tarde me arrastraría una pasión desmesurada por el básquet en el que era mucho mejor recitando el quinteto inicial del Barça contra la Jugoplastika que metiendo triples. Y entonces acudía ya solo a los kioscos a comprar “Gigantes del basket” o  “Super basket”. Tiempo de partidos de la NBA con Ramon Trecet en la 2 y de Basquetmania en el Canal 33. Fue después, o durante, que me dio también por las revistas de coches. Una manera como otra de soñar qué coche podría conducir. De poco me serviría saberme de memoria la potencia del Golf GTI (115 CV, gasolina) porque acabaría conduciendo un Ford Fiesta amarillo que contaba los mismos años que yo, es decir, 18, el primer momento que salimos juntos a la carretera de forma legal.



Debí sustituir esa sensación de abrir el sobre de cromos o de pasar las hojas del “Super humor” por otras, sin darme cuenta. Pero tengo la impresión de haberla recuperado los domingos por la mañana. Ir al quiosco, elegir un periódico, doblarlo (lo cual tiene mucho mérito en domingo) y cuidadosamente escoger una terraza o interior de un bar para regalarte las siguientes dos horas. Ir solo, o acompañado, pedir una caña y unas patatas. Repasar el periódico en diagonal, solo para decidir qué es lo que leerás después atentamente. Y meterte en el periódico, beberte la caña, fumarte un cigarro y acabarte las patatas. Definitivamente es la versión adulta de hojear un Mortadelo. La misma sensación que la de abrir el sobre de cromos y repasar la lista de los “tenguis y faltis”. Versionando esa frase que se le atribuye a Lennon, creo que podría decir al final la vida es aquello que te pasa entre que vas del quiosco al bar.