N-120




401999. Esos son los kilómetros que marca. No sé la de veces que debió de dar la vuelta. Sé que iba en el Pegaso. El Pegaso; yo era muy pequeño, pero tenía debilidad por el camión. Lo recuerdo poco, pero lo recuerdo. Era un tres ejes. Luego he descubierto que era conocido como "el cabezón" por la forma que tenía la cabina. El Pegaso se aparcaba en un descampado de tierra que servía para amontonar coches y camiones, y para jugar a fútbol. Tierra, mucha tierra, mucho espacio para correr. Y para aparcar un camión, claro. Ahora ya no hay descampado: todo son casas. El Pegaso, menuda bocina, qué susto daba. El volante, más grande que yo. El "freno eléctrico": nunca supe qué era, me imaginaba un interruptor, como el de una casa, con el que se activaba el freno.

A sus 93 años, seguía explicando las historias del camión como si estuviera a punto de arrancar el motor y salir a la carretera en él. Era capaz de describirte una a una todas las piezas. Seguía mentalmente el recorrido, como si estuviera montando un puzzle, y no paraba hasta completarlo. Dibujaba el trazado con los dedos en el aire. En esos momentos, estaba realmente debajo del camión: reparándolo. Después narraba cuán duro había sido aquel viaje a Viella en el que se quedó sin frenos, o cómo dormía una hora en la cabina entre viaje y viaje al pantano de Mequinenza. En su momento tenía que haber apuntado todas las historias porque mi memoria no era la suya, y muchas de las aventuras que me contó se han desvanecido ya de mis recuerdos.

Cuando abrías la puerta de la habitación, de lejos no te reconocía. Notaba que entraba alguien y conforme te ibas acercando veías cómo intentaba adivinar quién eras, hasta que saludabas. Entonces sí, exclamaba "Hombre! ¿qué haces tu por aquí?". Era como un ritual. Le tenías que hablar de cerca porque oía con mucha dificultad. Por eso, salía poco de la habitación: le daba vergüenza. Apenas callaba, te ponía al día de la actualidad, la cual seguía por televisión con unos cascos. "Y para dónde el próximo viaje? - A Uruguay. - y entonces se ponía a cantar - Al Uruguay, guay, yo no voy, voy, porque temo naufragar". Era un viejo charleston de 1928.

"El tiempo corre", decía. Aquello sonaba a consejo y amenaza. Y corre, en el mejor de los casos, hasta donde llegó él, y como llego él.

En el mejor de los casos, le habremos dado muchas vueltas al cuentakilómetros, habremos disfrutado de ver la aguja de la velocidad subir y bajar. En el mejor de los casos, habremos conducido un Pegaso por la Nacional 120.  Sí. En el mejor de los casos.


Nacional 120 M-Clan




(Gracias, Laura Ferrero por la colaboración : )



Christina Rosenvinge


Nunca he sido fan de Cristina Rosenvinge, pero recuerdo que ya de bien jovencito, la veía en la tele y me parecía muy atractiva. Vamos, que me ponía.

Recordé el otro día que Cristina Rosenvinge le dedica una canción al eco:





De hecho, la canción se basa en la historia mitológica de Eco, ninfa condenada por Hera a repetir la última palabra de la persona con la que estuviera hablando. Parece ser que Hera se mosqueó porque Eco tuvo un temilla con Zeus, su marido. En fin, no es relevante ahora mismo. En cualquier caso, Eco se enamoró de Narciso, que ya tenía suficiente con lo suyo, y acabó en una cueva.

¿Cuántas veces reparamos en “El Eco”? No me refiero al típico eco que se produce en una cueva. De pequeño entras en una cueva y te explican que allí, si gritas, se escucha el eco: tu eco. Y entonces lo intentas: “Eecooo”, y alucinas cuando oyes “eeecoo…ecooo…”. Es tu voz, repetida, en un espacio vacío. Pero no quiero hablar de ese Eco, hablo del otro, del que produce un vacío de verdad. Un espacio vacío en el antes había algo. Que antes estaba lleno.

Reparé por primera vez en El Eco durante mi última mudanza. Abrí la puerta de una casa en la que había vivido, que en esos momentos estaba vacía, sin muebles, sin tiene tele de fondo, sin ese molesto zumbido de la nevera, o del fluorescente. El sonido había cambiado totalmente. Era una casa llena de nada. Cerré la puerta y lo que (no) oí me abrumó. Percibí ruidos que nunca había percibido en ese espacio.

Es el eco. Das un paso, carraspeas, dejas en el suelo la caja que llevas para coger las últimas cosas. Todo resuena como nunca lo había hecho. Los muebles y los objetos configuraban, sin que lo supiera, el sonido ambiente de una vida. Ese Eco no apareció allí de repente, ese Eco lo traje conmigo.

¿Cuántas veces lo ignoramos? ¿Cuántas veces hablamos y aparece El Eco? En una relación, por ejemplo, ya sea de pareja o no, hay veces en las que algo te dice que no funciona. Sin embargo, los muebles, que llevan tanto tiempo ahí, amortiguan lo que te estás diciendo. O también en un trabajo, donde el clic constante del ratón permite que te ignores. Permite que no te escuches.

El Eco aparecerá, tarde o temprano, siempre. Si no estás de excursión, con amigos, en una cueva, vale la pena atender y escucharlo bien, no sea que te esté avisando de algo. 


Dice Cristina Rosenvinge que “el terror al vacío es de donde nace todo. Las canciones y cualquier creación personal.” Y hasta le dedica una canción: “La absoluta nada”. La verdad es que a sus 50 me sigue poniendo como el primer día.