La leche, del tiempo.

Kate Perry lucha con el zumbido de la nevera del mostrador. Eso es lo que oigo ahora mismo. El zumbido de un motor de aire acondicionado, o de nevera, ese zumbido que cobija donuts, croissants, minibocadillos y ensaimadas. Ese sonido de baja intensidad que percibes principalmente cuando deja de estar, cuando se apaga. Escribo pegado a la cristalera de la entrada, en una cafetería junto al Passeig de la Bonanova. Panadería, cafetería, degustación, de estas en las que no caben más de veinte personas, pero en la que dudo que por las mañanas se junten más de cinco. Suelo pedir los cafés con la leche del tiempo, siempre que no se me escapa el "con la leche natural", tan "català". Hoy me olvidé de decirlo y sin embargo el camarero, antes de servirme el cortado, me ha preguntado: "me ha dicho con la leche del tiempo, verdad?". Quizá es que lo llevo escrito en la cara. Creo que de hacer tanto las cosas se nos pone "cara de". Puedes tener cara de echar ketchup en la hamburguesa, de no poner vinagre a la ensalada, de preferir solo un cubito en el café con hielo. Ha sido cuando el camarero al cabo de un rato me ha preguntado si quería algo más que me he dado cuenta de la cara que se me ha puesto hoy. Me ha debido notar la cara de "no querer salir". En esta cafetería en la que el camarero ha decidido que la nevera gane al hilo musical (ciao Kate), me siento seguro. Podría quedarme aquí sentado, toda la vida, sin correr riesgo alguno. Sin tener que afrontar que Bud Spencer ha muerto, y con él una parte de mi infancia compartida con mi hermana. Una parte de mí.