El Olimpo de los diésel



Entras en un centro comercial, pones un pie en la escalera mecánica y de repente notas que la persona que va delante de ti lleva un perfume igual al que llevaba aquella chica con la que estuviste aquella temporada, con la que compartiste momentos que nunca… ¿sabéis con que me pasa a mi algo así? Con el olor del humo de un motor diésel. De hecho puedo evocar tres situaciones distintas en función del motor y de la situación. No es que las controle, no. Simplemente se da así. Voy por la calle, se para un camión de reparto a mi lado, aspiro ese sucio humo y hay una neuronilla dentro de mí que, si está a buenas, elige uno de estos tres recuerdos, aleatoriamente:       
  • La cabalgata de los Reyes Magos: cuando éramos pequeños veíamos la cabalgata de los SSMM los RRMM desde un balcón en pleno Carrer Major de Lleida. Desde allí, al margen de los propios Reyes, podíamos contemplar también aquellos bonitos camiones militares que integraban el séquito (y que luego he descubierto comentando con gente que no era tan normal). Supongo que entre tractores, camiones militares y de Correos, aquella calle estrecha consiguió meterme el olor a diésel en la casilla “cabalgata”. Sobra decir que el recuerdo “cabalgata” es algo realmente bonito, porque es el momento previo al de la llegada de los regalos.
  • El motor de un Peugeot 505 propiedad de nuestra familia de Castejón de Sos. El Peugeot de Manolo, aparcado en el garaje. Ese recuerdo viene con sonido incluido. Como sonaba de fuerte aquel motor. Y que olor a diésel más característico. Sobra decir que el recuerdo es bueno, porque si estaba en Castejon es que era vacaciones de verano o fin de semana, y seguro, me lo estaba pasando en grande. Y si estábamos encendiendo el coche es que íbamos a algún sitio.
  • Un autobús del colegio a punto de salir de excursión. Será porque yo nunca fui en autobús al colegio, así que cuando me subía a un autobús era para ir de excursión. El bocata de la excursión. Quitarte el uniforme. Romper con la rutina de un día y hacer algo diferente. Al final te daba igual a donde te llevaran. Lo que molaba era ir. Y el olor del motor del autobús encendido esperando, característico.


Total, que me he dado cuenta de que los tres recuerdos son del antes, del justo antes del hecho: antes de los Reyes, antes de salir, antes de la excursión. Tendré que darle la razón al cansino de Punset, que dice que la “felicidad es la antesala de la felicidad”, y que lo mejor está justo antes de que pase lo mejor. Y por otro lado, tendré que darle las gracias a Guillermo Summers y Ignacio Salas por aquel consejo que nos dieron y que me debió marcar bastante: diesel gustazo, diéselo.