Qué suerte la mía.

Huyo. Escaleras, abajo o arriba. O al fondo, a la derecha. Compartido, separado. Con símbolos fáciles de entender, con símbolos solo aptos para estudiados. Con mal o buen olor. Con papel y sin. Con secador de aire frío, con secador de aire caliente. Con puertas que se cierran por dentro, con puertas que no se cierran ni por dentro ni por fuera. De pared, de pared con mosca, para acertar. Alicatados, estucados, con mármol. Limpios, sucios, muy sucios. Pretenciosos, sobrios.  ¿Estás esperando? El sonido ambiente amortiguado. Joder qué ruido había. Pues sí que he bebido, sí. En el de pared siempre acierto. Qué musicón. Creo que hice bien poniéndome estas bambas. Qué baldosas más feas. Ya. Listo. Espejo. Agua. Dyson (como molan). Salgo de nuevo. Y ahí estáis. Qué suerte la mía. 


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Rojo

Una bocina te despierta justo cuando estás llegando al semáforo. Vas con la cabeza gacha, los ojos por encima de las baldosas colilleras, duras. Pensando en cualquiera de las estupideces que ocupa normalmente tu cabeza. Llegas al límite. Del otro lado un muñequito rojo. Junto al muñeco dos adolescentes con mochilas, qué mala es la adolescencia. Una señora con una chaqueta de Zara a tu derecha. Un señor con corbata y cara de ganas de llegar a casa a la izquierda. Inspiras. Miras al vacío. Miras el móvil.  Van a ser unos segundos, solo. Una de los cientos de veces que lo vas a hacer en tu vida. Un Leon rojo, un Focus blanco, un furgón de reparto, dos motos. Intermitente derecho. Y entonces oyes el sonido, grave, potente, que se acerca. Instintivamente te retiras un poco. Lo haces sin pensar en lo que va a pasar. No puedes llegar a imaginártelo. Un autobús urbano, largo, enorme, acristalado. Pasa por delante de ti y te ves reflejado en él. De cuerpo entero, en medio de la vida, la vida de verdad. No aquella en la que te ves en un baño, un ascensor, un vestíbulo. No aquella en la que te esperas, la de verdad. Menos de un segundo para darte cuenta de quién eres. Si eres rápido, incluso para aguantarte la mirada. A veces me encuentro en los semáforos. 

La leche, del tiempo.

Kate Perry lucha con el zumbido de la nevera del mostrador. Eso es lo que oigo ahora mismo. El zumbido de un motor de aire acondicionado, o de nevera, ese zumbido que cobija donuts, croissants, minibocadillos y ensaimadas. Ese sonido de baja intensidad que percibes principalmente cuando deja de estar, cuando se apaga. Escribo pegado a la cristalera de la entrada, en una cafetería junto al Passeig de la Bonanova. Panadería, cafetería, degustación, de estas en las que no caben más de veinte personas, pero en la que dudo que por las mañanas se junten más de cinco. Suelo pedir los cafés con la leche del tiempo, siempre que no se me escapa el "con la leche natural", tan "català". Hoy me olvidé de decirlo y sin embargo el camarero, antes de servirme el cortado, me ha preguntado: "me ha dicho con la leche del tiempo, verdad?". Quizá es que lo llevo escrito en la cara. Creo que de hacer tanto las cosas se nos pone "cara de". Puedes tener cara de echar ketchup en la hamburguesa, de no poner vinagre a la ensalada, de preferir solo un cubito en el café con hielo. Ha sido cuando el camarero al cabo de un rato me ha preguntado si quería algo más que me he dado cuenta de la cara que se me ha puesto hoy. Me ha debido notar la cara de "no querer salir". En esta cafetería en la que el camarero ha decidido que la nevera gane al hilo musical (ciao Kate), me siento seguro. Podría quedarme aquí sentado, toda la vida, sin correr riesgo alguno. Sin tener que afrontar que Bud Spencer ha muerto, y con él una parte de mi infancia compartida con mi hermana. Una parte de mí. 

Tazas


Tenía que pasar. Cualquier día iba a pasar. Pero nadie se quiso dar cuenta. Llevaba ya tiempo en silencio. Nunca se quejó. O si, pero en voz baja. Les contemplaba, absortos en sus pantallas grandes, pantallas pequeñas, pantallas curvas, pantallas planas, pantallas 3D. Pasaban horas delante de ella. La ignoraban. El último Sant Jordi fue la gota que colmó el vaso. Ya en el anterior estuvo a punto de cometer una barbaridad cuando le añadieron un libro de dibujitos de autoayuda. Mr Wonderful VS. Vazquez Montalbán. Nunca fue pretenciosa, nunca tuvo aspiraciones, siempre en su sitio, clase media, alguna concesión a la filosofía, pero en general, era de best sellers, y lo sabía. Pero el último Sant Jordi, a media tarde, lo vio. Vio una caja envuelta de regalo. Un libro digital, un e-book, un e-reader, como se llamara. Y no pudo más. El propietario del todoterreno declaró que no pudo hacer nada, que cuando la vio en la pantalla de la cámara trasera, era demasiado tarde. La fotografía fue tomada pocos minutos después, justo cuando llegaban los Mossos. El juez de guardia procedió al levantamiento de los tomos. Se comenta que en el hueco que ha dejado han colocado unas tazas. 


Fotografía tomada minutos después del suceso

La mitad, más o menos.

Una de las primeras cosas que hago al sentarme en un avión es poner el brazo en el reposabrazos. Vamos a llevarnos bien. Codo en el extremo del espacio, justo donde se une con el respaldo, apoyado en dirección a mi asiento, dejando más o menos la mitad del espacio libre. La mitad más o menos de ese espacio es lo que deberíamos utilizar cada uno de los pasajeros. La mitad exacta solo pasaría si la idea de Soarigami triunfa. La mitad más o menos de "si pones bien el codo, el antebrazo, y no hace falta ni tocarse". ¿Perdone, le conozco? No, ni la mitad, ni más o menos. No le conozco, pero podemos compartir este espacio temporalmente. Eso sí, más o menos la mitad. No intente ocuparlo del todo.

Si me preguntaran un día en la típica entrevista de contraportada de un periódico "con quien te irías a una isla desierta?" respondería "con alguien que sepa dónde poner el codo".


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Dejadme las cajetillas






Leo que Francia eliminará los logos de las cajetillas de tabaco desde mayo. A partir de entonces, todos los paquetes de tabaco serán de color verde oliva. Verde “oliva”. Un paquete de Dunhill, rojo, alargado, elegante, más ancho de lo normal, con los ribetes dorados. Fue de los primeros paquetes de tabaco que vi, del tabaco de mi madre. Phillip Morris Super Light, cajetilla blanca, minimalista, con el nombre en mayúsculas, un escudo, y poca cosa más. Fortuna, paquete blando, rojo y blanco. Tener Fortuna es, vivir al rojo… El paquete de Fortuna, blando, fácil de llevar en el bolsillo, fácil que los cigarros acabaran todos rotos. Fácil de escribir en el paquete. En mi última mudanza descubrí que guardo aun un paquete desde el año 97 con un mensaje escrito. Sé que no me estás leyendo. Marlboro, EL paquete, EL logo, negro, rojo y blanco. ÉL, que siempre fumaba Marlboro. Símbolo de status. Tabaco caro, duro. Hasta en los coches de Fórmula 1 podías ver ese logo. Desprecintar el paquete, suena Oasis de fondo, o Australian Blonde, o Daft Punk. Perdona, ¿tienes fuego? Mechero encima del paquete de Chesterfield, en el futbolín, en el gol norte. En el gol sur, un paquete de Lucky Strike. En el público Nobel, “bajo en nicotina”, color crema, letras en blanco sobre fondo rojo. Humo, mucho humo. Persiana baja, puntos de luz. Paquete encima de la mesa, al día siguiente, tirado, junto a unas llaves y unas monedas, algún billete arrugado quizá. Dónde está el mechero. Resaca. Que prohíban el tabaco, pero que dejen los paquetes. 


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El Olimpo de los diésel



Entras en un centro comercial, pones un pie en la escalera mecánica y de repente notas que la persona que va delante de ti lleva un perfume igual al que llevaba aquella chica con la que estuviste aquella temporada, con la que compartiste momentos que nunca… ¿sabéis con que me pasa a mi algo así? Con el olor del humo de un motor diésel. De hecho puedo evocar tres situaciones distintas en función del motor y de la situación. No es que las controle, no. Simplemente se da así. Voy por la calle, se para un camión de reparto a mi lado, aspiro ese sucio humo y hay una neuronilla dentro de mí que, si está a buenas, elige uno de estos tres recuerdos, aleatoriamente:       
  • La cabalgata de los Reyes Magos: cuando éramos pequeños veíamos la cabalgata de los SSMM los RRMM desde un balcón en pleno Carrer Major de Lleida. Desde allí, al margen de los propios Reyes, podíamos contemplar también aquellos bonitos camiones militares que integraban el séquito (y que luego he descubierto comentando con gente que no era tan normal). Supongo que entre tractores, camiones militares y de Correos, aquella calle estrecha consiguió meterme el olor a diésel en la casilla “cabalgata”. Sobra decir que el recuerdo “cabalgata” es algo realmente bonito, porque es el momento previo al de la llegada de los regalos.
  • El motor de un Peugeot 505 propiedad de nuestra familia de Castejón de Sos. El Peugeot de Manolo, aparcado en el garaje. Ese recuerdo viene con sonido incluido. Como sonaba de fuerte aquel motor. Y que olor a diésel más característico. Sobra decir que el recuerdo es bueno, porque si estaba en Castejon es que era vacaciones de verano o fin de semana, y seguro, me lo estaba pasando en grande. Y si estábamos encendiendo el coche es que íbamos a algún sitio.
  • Un autobús del colegio a punto de salir de excursión. Será porque yo nunca fui en autobús al colegio, así que cuando me subía a un autobús era para ir de excursión. El bocata de la excursión. Quitarte el uniforme. Romper con la rutina de un día y hacer algo diferente. Al final te daba igual a donde te llevaran. Lo que molaba era ir. Y el olor del motor del autobús encendido esperando, característico.


Total, que me he dado cuenta de que los tres recuerdos son del antes, del justo antes del hecho: antes de los Reyes, antes de salir, antes de la excursión. Tendré que darle la razón al cansino de Punset, que dice que la “felicidad es la antesala de la felicidad”, y que lo mejor está justo antes de que pase lo mejor. Y por otro lado, tendré que darle las gracias a Guillermo Summers y Ignacio Salas por aquel consejo que nos dieron y que me debió marcar bastante: diesel gustazo, diéselo.